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Publicado el 03 de Abril de 2012
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MUSICA DE HOY, MÚSICA DE SIEMPRE, MÚSICA EN MAYÚSCULAS PARA UNA PROPUESTA DE UNA HORA DE TRABAJO CON DIFERENTES RITMOS, CADENCIAS Y SENSANCIONES. uN FINAL NO APTO PARA NO INICIADOS, ... O QUIZÁS SI.
Publicado el 17 de Enero de 2012
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Adaptando modestamente las sugerecias inestimables de algunos de mis favoritos de indoorpro, bebiendo de sus fuentes y aprendiendo día a día en esta pasión que nos une, me permito subiros esta sesión. Espero vuestras opiniones.
Saludos, Horacio.
Publicado el 21 de Septiembre de 2011
EMPEZAR CUESTA. DEBEMOS IR PROGRESIVAMENTE. SI CONSEGUIMOS UNA BUENA BASE EN OTOÑO, LO AGRADECEREMOS EL RESTO DE LA TEMPORADA.
LA CONSTANCIA ES EL SECRETO.
¡¡ NO OLVIDES NADA. TE ESPERAMOS.. !!
Publicado el 11 de Julio de 2011
Publicado el 10 de Julio de 2011
Publicado el 07 de Julio de 2011
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Con la aportacion y los consejos de algunos amigos de indoorpro, he creado esta sesion. A mis alumnos del Centro Tokui´do de Huelva, les ha gustado. Va por uno de ellos que se ha trasladado a Cartagena.
Ángel, espero que te guste.Recuerdosss..
Te pongo carátula especial con foto del Espigón.
Publicado el 26 de Junio de 2011
Fue el poeta Arthur Rimbaud quien en un deliberado “desarreglo racional de los sentidos” – podemos llamarlo ingesta abusiva de verde absenta – vislumbró tenebrosas imágenes del averno, y lo plasmó en una serie de delirantes poemas que tituló “Una temporada en el infierno”. Hoy, después de una clase de Spinning”, se que Rimbaud no sabía de lo que hablaba, pues si bien el descenso a los infiernos es factible en cada experiencia humana, recrearlo de forma concentrada, con todos los ingredientes diabólicos, no es tan común como parece, pues si bien hay cosas ciertamente peores, en la mayoría de ellas la inagotable capacidad para la esperanza del ser humano le permite atisbar una salida por improbable que esta sea. En la primera clase de “Spinning”, no. Se podrá argumentar en contra que la clase tiene una duración limitada o que simplemente uno puede bajarse de la bicicleta y ya está. Rotundamente falso. Por una parte si la clase dura una hora, la víctima, una vez arrebatada por el torbellino desatado del pedaleo compulsivo, llega al convencimiento de que va a reventar antes de que termine a clase por lo que esa esperanza se descarta de inmediato. Y en segundo lugar, ya no te puedes bajar de la bici. Y no es que el monitor no te deje, sino que en cuanto has arrancado es que como si te hubieran dado un empujón desde la cima de una montaña y desciendas a tumba abierta por una ladera de pendiente infinita. La música, además, hábilmente escogida para enardecer el espíritu competitivo del ciclista le roba toda capacidad de raciocinio, le coge a uno por las solapas, aliña la adrenalina con algo de ardor guerrero y le incita a pedalear como un demente cuesta abajo. La bola brillante de Fiebre del sábado Noche” también contribuye a la alienación con su poder hipnótico. Uno ve cosas cuando mira la bola mientras jadea como un jamelgo coqueteando con el infarto de miocardio. Yo veía una pradera al final de la cuesta por la que pedaleaba con la cadencia vertiginosa de un molinillo de juguete impulsado por un fuerte temporal de levante. Allí, en la pradera, podría descansar. Pero conforme mas rabiosamente pedaleaba tanto más lejana se mostraba la pradera donde soñaba dejarme caer como un pesado fardo. La brillante superficie de la bola y el límpido espejo encargado de recordarle al sufrido ciclista que de cara al verano más bien da un poco de asco, reflejan todo el espectro posible dentro del estado anímico del ser humano. Y sin entrar en detalles tan solo destacaré tres fases experimentadas por el que suscribe:
Perplejidad. “Esto no me puede estar pasando a mí: VOY A MORIR.
Pérdida de control sobre los músculos faciales. Guiño convulsivo del ojo izquierdo como Millán Salcedo de “Martes y Treces” y su empanadilla de Móstoles. Risa histérica súbitamente alternada por pucheros anunciadores del llanto compulsivo.
Mirada de loco furioso. Rostro deformado en expresión demoníaca propio de quien acaba de despertar y se encuentra descendiendo en una montaña rusa de dimensiones espeluznantes.
No. No puedes ya bajarte de la bici cuando el sereno y equilibrado Doctor Jeckill, aficionado a solazarse en su bicicleta de paso por la ribera del Támesis, se ha transformado en Mister Hyde engrilletado a la Noria de Satán girando incandescente hacia el abismo. Y así coqueteas con el colapso mientras saltan chispas de los anclajes de la bicicleta que amenaza con dejar de ser estática. Quieres volar, y dejar muy atrás a esos compañeros de clase de Spinning que se creen muy chulitos porque no sudan, como tú, la gota gorda.
Pero vayamos por partes. El primer encuentro con la bicicleta de Spinning no despierta suspicacias. La bicicleta invita a sentarse. Aparentemente es pacífica, así que uno se acerca y la acaricia con la misma naturalidad del jinete primerizo que palmea la grupa del caballo para congraciarse con el equino. La ergonomía te seduce y te entregas confiado a la máquina asentando tus posaderas sobre el sillín que todavía no ha desvelado los malévolos planes que tiene reservados para la entrepierna. Acto seguido engrilletas tus pies a los pedales y agarras al toro por los cuernos. “Si ese señor de cincuenta años que está al fondo de la sala es alumno aventajado y las cuatro lozanas chicas parecen tan campantes es que la cosa, pienso, no es para tanto”. El monitor nos saluda, se pone una cinta en la cabeza y ajusta su cronómetro. “Bueno, la dinámica habitual dice el monitor mientras teclea algo en la pantallita que bien podría ser el “grado máximo de sufrimiento en la escala de Ritchie”. La botellita de agua la he dejado al pie de la bici y ya no llego, y ya no me puedo bajar porque arranca la música. Esta es movidita. Y de repente, sin transición alguna, me encuentro pedaleando como un loco. Me inquieto al pensar que hemos empezado “con la dinámica habitual”. Miro ora al espejo ora a la bola. Empiezo a sudar como si estuviese dentro de una sauna finlandesa y un traidor la hubiera regulado a “MAXIMA TEMPERATURA”. Pierdo tanto líquido al minuto que considero seriamente la posibilidad de la deshidratación y miro mi botellita en el suelo con angustia, es inalcanzable y la lengua pronto adquiere textura de alpargata. “Ayuda” musito para mis adentros en un hilillo de voz. “Mi botellita …..agua, botellita”. Pero la música ahoga mis débiles demandas de líquido elemento. Ya vamos a toda pastilla. Descenso a calzón quitado por un tobogán del diablo. Mis compañeros pedalean con una fiereza tal que no hay posibilidad de distinguir sus piernas. El señor de cincuenta años marca el ritmo envidiablemente mientras yo sigo el de la música con un cabeceo agónico que lanza regueros de sudor. De repente el monitor dice que ya estamos “terminando el calentamiento”. Porque ahora resulta que solo estábamos calentando cuando yo pensaba que nos habíamos liado la manta a la cabeza y que ya íbamos a por todas, nada de medias tintas …..”El Lute, camina o revienta”. “Agua …..mi botellita”. Todas las alarmas de mi organismo empezaron a pitar convulsivamente. Primero fue la zona escrotal, sometida a un castigo inmisericorde, que en las postrimerías de la clase era algo parecido a aplicar un hierro de marcar reses sobre tan sensible parte. La incompatibilidad entre sillín y partes pudendas es manifiesta. “Porque me tratas así”, decía el escroto. “¿Porque éste sin sentido?” añadía el músculo cardíaco palpitando tras los umbrales de la taquicardia. ¿Que te hemos hecho a tí, desagradecido?, rubrican los riñones sorprendidos de estar colaborando para la escalada al Naranco de Bulnes. No podía responder a mis doloridos órganos pero comprendía su indignación. Estaba de lleno en la vorágine” echando espuma por la boca como un perro aquejado de hidrofobia pero incapaz de bajarme de la bicicleta que ya me dominaba, me arrastraba hacia parajes inhóspitos donde habita el dolor, donde reina el llanto y crujir de dientes. “Agua ….. mi botellita”. Y el monitor, como el cómitre de una galera marcando el ritmo a los galeotes o el arquitecto de una de la antiguas pirámides de Egipto jaleando a los esclavos que arrastraban inmensos bloques de piedra, arengándonos sin despeinarse: “4,3,2,1 …..¡todos de pie!, Hop, hop, hop, ……izquierda, izquierda, izquierda, derecho, izquierda …”.
Y no quiero alárgame, pero he de decir que hubo momentos en que perdí toda la noción de realidad, como Rimbaud ebrio de absenta. Solo miraba a la bola en la absurda creencia de que si conseguía abstraerme en su espejeante superficie, el tiempo pasaría más rápido. Fugaces alucinaciones de sanitarios con bata blanca esperándome junto a la puerta de la sala de Spinning para aplicarme oxígeno se trocaban con otras de la pradera verde o viñetas de mi infancia y juventud sucediéndose a velocidad de vértigo. Quizá estuve desvanecido, colgado de los pedales de la bicicleta que seguía irremisiblemente lanzada mientras golpeaba mi cabeza en la moqueta de la sala. Quizá como resultado de la pérdida acelerada de sales y minerales vitales - “agua, mi botellita …..” – o la imposibilidad de tomar resuello me había transportado a una atmósfera onírica propia de los alpinistas con carencia de oxígeno o los submarinistas que sufren de descompresión. Las palabras del monitor me devolvieron a la realidad: “ya estamos entrando en la zona de calma”. Desconfié, pues hacía una eternidad que nos había dicho que quedaban diez minutos, pero ésta vez parecía que iba de veras.
La zona de calma. Eso dijo. Aquello me confirmó que durante casi una hora había estado inmerso en la locura. Y que ahora llegaba la calma, rubricada por una sensible ralentización en la música y unas flautas incas que sugerían el placentero relax que sigue a un aperitivo de peyote de la máxima pureza.
La clase de Spinning había terminado.
Publicado el 03 de Junio de 2011
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Publicado el 24 de Mayo de 2011
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fiel al perfil establecido, hacia el min. 30 subida con bastante carga, seguido de falso llano aligerando carga y aplicando más cadencia. Terminamos con un clásico (gold versionado) antes del cold dawn.
Probad haber que os parece. Gracias. Horacio.
Publicado el 18 de Mayo de 2011
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Mostrando del 1 al 10 de 13 de Horacio Pardo
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